El desmembramiento de Yugoslavia

El ingreso de Hungría y Bulgaria en el Eje dejó aislada a Yugoslavia, lo que creó el escenario perfecto para que el príncipe Pablo se viera obligado a firmar una alianza con Hitler que se materializó el 25 de marzo de 1941 en un intento de mantener a su país fuera de la Segunda Guerra Mundial.

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El desmembramiento de Yugoslavia

Un grupo de oficiales se opone al acuerdo desde un primer momento y orquesta un golpe de Estado -de tintes claramente favorables a los Aliados- contra el regente cuando éste vuelve al país tras la firma del tratado. El general Dušan Simović se hizo con el poder, arrestó a la delegación que volvía de Viena y dió plenos poderes al rey Pedro, de 17 años de edad.

Estos eventos fueron vistos con aprensión en Berlín, que ya se preparaba para auxiliar a los italianos en su insesperadamente problemática invasión de Grecia. No obstante el führer modificó los planes para incluir Yugoslavia en la agenda de conquistas. Sigue leyendo

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El cerco de Kiev

El 16 de septiembre de 1941, el 1er Grupo Panzer de Kleist enlazaba con los elementos de reconocimiento del 2º Grupo Panzer de Guderian sobre el pueblo de Lojvitsa a 190 km de la capital ucraniana, cerrando la trampa mortal en la que más de 600.000 soldados del Ejército Rojo fueron rodeados, convirtiéndose en la mayor bolsa de la historia bélica.

Mientras los ejércitos de infantería  VI y XVII asediaban la ciudad con fuego de artillería pesada y apoyados por la II Luftflotte, las columnas blindadas de Kleist y Guderian penetraron casi 200 km en el dispositivo soviético avanzando hacia el este para luego virar hacia norte y sur respectivamente hasta encontrarse en la localidad ucraniana de Lojvitsa.

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La bolsa de Kiev

Gracias a la maniobra de los Grupos Panzer, la Wehrmacht destruyó la totalidad del Frente Sudoeste al este de Kiev durante el mes de septiembre, lo que infligió 600.000 bajas en el Ejército Rojo, entre heridos, cautivos muertos y desaparecidos, al tiempo que las fuerzas soviéticas al oeste de Moscú realizaron una ofensiva inútil y costosa contra Grupo de Ejércitos Centro. Sigue leyendo

En el punto de mira (XII)

El teniente Franz von Werra

El teniente Franz von Werra, as de la Luftwaffe. Participó en la Campaña de Francia y en la Batalla de Inglaterra, donde fue derribado sobre Kent y arrestado por los británicos. Enviado a Canadá como prisionero de guerra, logró escapar de su cautiverio en un periplo que le llevó por EEUU, México, Brasil, España e Italia antes de llegar de nuevo a Alemania.

Llegó a participar en la Operación Barbarroja sobre la URSS, ofreciendo además su valiosa experiencia durante los interrogatorios a pilotos enemigos tras haberlos sufrido él mismo durante su cautiverio.

El 25 de octubre 1941 Werra despegó en su Messerschmitt Bf 109F-4 Número 7285 para un vuelo de práctica. Su avión sufrió un fallo total de motor y se estrelló en el mar al norte de Vlissingen, Países Bajos.

En un encuentro con la prensa, fue fotografiado junto a su avión jugando con Simba, su cachorro de león que era la mascota de la unidad.

El Ejército Fantasma

Una “feria ambulante” del engaño táctico que utilizaba tanques y camiones inflables, sonidos y transmisiones de radio falsas. Operando muy cerca de las líneas del frente con el objetivo de desorientar al enemigo para alejarle de la punta de lanza real, su historia se mantuvo en secreto durante más de 40 años después de la guerra y aún quedan documentos clasificados sobre el Ejército Fantasma.

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El Ejército Fantasma fue una unidad del Ejército de los EEUU oficialmente conocida como 23rd Headquarters Special Troops. Esta unidad contaba con 1.100 hombres a los que se les dio una orden muy peculiar, hacerse pasar por otras unidades del Ejército de los EEUU para engañar al enemigo durante las semanas previas al inicio de la Operación Overlord, la invasión aliada de la Francia Ocupada. Sigue leyendo

La venganza de Hitler

 

En una soleada mañana de septiembre de 1944, los cielos despejados permitían una vista perfecta del otro lado del Canal de la Mancha, la Europa ocupada por Hitler. Fue entonces cuando según testigos presenciales, tres pequeñas estelas se elevaron sobre el horizonte continental.

Wernher von Braun, el hombre que más tarde pondría al hombre en la Luna al servicio de los EEUU, fue el padre de la bomba volante V2, el cohete que sentó las bases de los futuros misiles balísticos intercontinentales.

Lanzadas desde rampas móviles de lanzamiento, cada V2 medía 14 metros de largo y portaba una tonelada de explosivos. El primer ataque sobre Londres fue el 8 de septiembre de 1944.

Sin ningún tipo de aviso, un enorme estruendo seguía al impacto de estos artefactos, que al viajar a velocidades supersónicas, no producían ningún ruido de aproximación. Así, luego de oírse la ensordecedora explosión, llegaban largos estrépitos que se apagaban, igual que los truenos.

Tras despejarse la polvareda dejada por el cohete, se descubre un cráter de impacto de 10 metros de diámetro además de provocar tres víctimas mortales y 22 heridos.
Más de 1300 V2 fueron lanzadas sobre Inglaterra, pero también bombardearon Bélgica y Francia a medida que los Aliados avanzaban hacia el corazón del Reich. Se estima que casi 3000 personas fueron víctimas de las V2 en solamente en Inglaterra.

 

Rojo sobre blanco

Vasili Grossman

El crudo relato de la vida en el Frente Oriental está recogido en los cientos de cuadernos de notas que el escritor y periodista Vasili Grossman recopiló durante la Gran Guerra Patria. Sus relatos de descarnado interés humano se mezclan con el barro, el humo y la sangre que tiñeron de rojo oscuro  las vidas de millones de personas en la antigua URSS

Historias desgarradoras recogidas por el corresponsal del Estrella Roja, que junto al también periodista Pavel Troyanovski y el fotógrafo Oleg Knorring, ha pasado a formar parte del olimpo de los corresponsales de guerra. Burlando a la muerte por muy poco en numerosas ocasiones, Grossman y sus compañeros estuvieron a punto de ser capturados por la vanguardia de las fuerzas alemanas en su esfuerzo por informar.

La presión ejercida por el Ejército rojo y su periódico, apremiaban a Grossman a acudir al frente en cualquier momento y bajo cualquier circunstancia para escribir sobre el excelente desempeño de las fuerzas soviéticas. La línea del partido era clara y severa, todo debía enaltecer a la patria y al esfuerzo del pueblo, en numerosas ocasiones exagerando notablemente el número de bajas enemigas y el mérito de los rusos. Todo orquestado bajo la batuta de Stalin, quien parecía pensar que el hecho de no reconocer la verdad hacía que ésta desapareciese.

Grossman fue testigo de numerosos actos de heroísmo y piedad, pero al mismo tiempo lo fue de muchos actos de cobardía, derrotismo y deserción. Si los cuadernos de notas de Grossman hubieran salido a la luz, hubiera sido fusilado por ser cómplice de traidores a la patria, puesto que el hecho de no denunciar a un desertor te convertía en uno automáticamente.

Grossman no podía resistirse a copiar detalles particulares de interés humano, que nada tenían que ver con la guerra. Tomaba notas incansablemente en sus pequeños cuadernos, acumulando material que algún día se convertiría en artículos o novelas:

“Una anciana. Tiene tres hijos mudos. Los tres son peluqueros. El mayor ya tiene cincuenta años, dijo ella. Luchan como demonios y se pelean como caballos, agarran los cuchillos y se los lanzan sin parar.”

“Pintores de brocha gorda o albañiles, cuando se enfadan con un patrón, meten en una pared un huevo o una caja con cucarachas (con un poco de salvado para que coman). El huevo hiede y las cucarachas hacen ruido. Esto molesta a los propietarios.”

Grossman nos relata también la trampa mortal de las ciudades en guerra desde la casa de una señora :

“Dormimos en una habitación monstruosamente pobre. Esta pobreza tan negra y horrible solo es posible en una ciudad, en un barrio bajo. La señora de la casa maldice a los niños y a los objetos. Por la noche en la oscuridad, alguien solloza. Es la señora. He tenido siete hijos, me lamento por ellos. Esta miseria, esta pobreza urbana, es peor que la muerte en los pueblos. Es más profunda y más negra, una pobreza que llega a todos los rincones, desprovista incluso de aire o de luz.”

La vida periodística es ya de por sí  bastante accidentada, pero si escribes para el Estrella Roja, debes estar preparado. Después de los primeros meses de guerra llega el primer permiso para ir a Moscú. Sin embargo, al llegar a la oficina editorial, Grossman y sus compañeros son enviados sin un día de descanso para informar sobre los preparativos de la esperada contraofensiva blindada al sur de Moscú, que pretendía frenar a los carros de Guderian:

“Nos ponemos en marcha por la mañana por la misma carretera por la que regresamos a Moscú ayer. Avanzamos y avanzamos. Llegó la noche, pero nosotros, tumbados en la parte trasera del camión, seguimos avanzando. La carretera está totalmente desierta, habíamos recorrido docenas de kilómetros sin ver un solo vehículo. De repente el agua del radiador comienza a hervir, así que detenemos el vehículo.  Un soldado del Ejército Rojo aparece dando un salto por detrás de un árbol:

–¿A dónde van ustedes?

–Al cuartel general del cuerpo de tanques, en Starujino.

–¿Han perdido ustedes la cabeza? Resulta que los alemanes están allí desde ayer, soy el centinela y ésta es la línea del frente. Retrocedan antes de que los alemanes les vean, están a muy poca distancia.

Naturalmente, damos media vuelta. Si el radiador no hubiera hervido, habría sido el final de nuestras vidas periodísticas.

Buscamos el cuartel general en la terrible oscuridad y el fango. Por fin lo encontramos. Está en una pequeña izba caliente y mal ventilada, llena de humo azul. Tras el viaje de catorce horas nos entra automáticamente el sueño en aquella sala caliente. Nos estamos cayendo, pero no hay tiempo. Comenzamos a hacer a los oficiales diversas preguntas, a leer informes, aturdidos como en un sueño. Al amanecer, sin haber dormido, nos subimos al camión y regresamos a Moscú.  El plazo marcado pendía implacable sobre nosotros. Bebíamos té y  fumábamos sin parar para no quedarnos dormidos. En la editorial, ya por la tarde, despachamos la historia, como dicen los periodistas, y la presentamos. El director no publicó ni una sola línea.”

Fueran cuales fuesen las frustraciones de la vida periodística, Grossman siguió imperturbablemente con sus cuadernos a todas partes, dando parte también de las andanzas de los alemanes en territorio ocupado:

“Una misión de reconocimiento había descubierto que los alemanes habían atado gansos vivos en todo el perímetro para que les sirvieran de alarma. Los gansos hacen mucho ruido.”

Una anciana recordaba el paso de un grupo de alemanes por su casa:

Llaman a la puerta. Ante ella había un grupo bastante pintoresco de hombres con pañoletas de campesina y gorros de punto bajo los cascos de acero,  que arrastraban trineos con mantas, cortinas, almohadas y edredones. Sin pronunciar palabra, el que parecía estar al mando señala la estufa que crepita alegremente en el interior de la casa. Como mendigos, los orgullosos hombres de la Wehrmacht se pelean y se amontonan sobre la estufa, mostrando unas manos rojas como en carne viva.

Era un espectáculo cómico y lamentable de ver: Una vez que entraban en calor, los alemanes empezaban a rasarse como perros pulgosos. Al calor de la estufa, los piojos también se ponían en marcha de nuevo, reanudando su festín de sangre alemana.”