El cerco de Kiev

El 16 de septiembre de 1941, el 1er Grupo Panzer de Kleist enlazaba con los elementos de reconocimiento del 2º Grupo Panzer de Guderian sobre el pueblo de Lojvitsa a 190 km de la capital ucraniana, cerrando la trampa mortal en la que más de 600.000 soldados del Ejército Rojo fueron rodeados, convirtiéndose en la mayor bolsa de la historia bélica.

Mientras los ejércitos de infantería  VI y XVII asediaban la ciudad con fuego de artillería pesada y apoyados por la II Luftflotte, las columnas blindadas de Kleist y Guderian penetraron casi 200 km en el dispositivo soviético avanzando hacia el este para luego virar hacia norte y sur respectivamente hasta encontrarse en la localidad ucraniana de Lojvitsa.

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La bolsa de Kiev

Gracias a la maniobra de los Grupos Panzer, la Wehrmacht destruyó la totalidad del Frente Sudoeste al este de Kiev durante el mes de septiembre, lo que infligió 600.000 bajas en el Ejército Rojo, entre heridos, cautivos muertos y desaparecidos, al tiempo que las fuerzas soviéticas al oeste de Moscú realizaron una ofensiva inútil y costosa contra Grupo de Ejércitos Centro. Sigue leyendo

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En el punto de mira (IV)

La histórica ciudad y fortaleza de Brest-Litovsk, donde la URSS firmó el armisticio con las Potencias Centrales en 1918, fue uno de los primeros objetivos estratégicos al inicio de la Operación Barbarroja y fue bombardeada desde las primeras horas del 22 de junio. Tras una fiera resistencia que duró una semana, los nazis ocuparon la fortaleza. Algunos soldados resistieron entre las ruinas durante un mes más. Uno de ellos grabó este mensaje para la historia: “¡Moriremos, pero no nos rendimos! ¡Adiós Madre Patria!”

Inscripción hallada dentro de la fortaleza de Brest Litovsk, Polonia (1941)

Inscripción hallada dentro de la fortaleza de Brest Litovsk, Polonia (1941)

Bienvenidos al Ostfront

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Después de no querer oír ni hablar de una campaña invernal tras el empuje inicial de la Operación Barbarroja, la imparable Wehrmacht de Hitler se topó con el gélido invierno de 1941, que volvió casi irreconocibles a las tropas alemanas, que envueltos los pies en papel y cartón, mantas y cortinas a modo de capotes, solo el casco de acero les distinguía de los campesinos soviéticos. “Solo tenemos que dar una patada en la puerta y toda la estructura podrida se vendrá abajo”.

La puerta había sido barrida como un vendaval, pero inexplicablemente el edificio seguía en pie. Tan seguro estaba el Führer de que una nación sometida a la tiranía estalinista no sostendría el embate de un ejército organizado y decidido, que cualquiera que le comentara la posibilidad de preparar una campaña invernal era tachado de derrotista y de no
confiar en la efectividad de la guerra relámpago que en menos de un año había puesto a Europa de rodillas. Pero la urgente necesidad de pertrechos invernales convertía a la imparable máquina de guerra alemana en un oxidado engranaje.

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